28 FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE DE MAR DEL PLATA 2013 (25): LA AMENAZA ROJA

28 FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE DE MAR DEL PLATA 2013 (25): LA AMENAZA ROJA

por - Críticas, Festivales
30 Nov, 2013 11:15 | comentarios
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Mujer conejo

Por  Roger Koza

Una década atrás, un delirante líder carapintada en su habitual discurso hiperbólico postulaba una invasión comunista. “Se vienen los chinos”, decía. En una dietética de la ciudad de Córdoba cuyos dueños son chinos un cliente le dice al cajero mientras escucha a los dueños discutir en mandarín: “Son como nuestros políticos: hablan y no se les entiende nada. Después hacen lo que quieren”. Los chinos son una figura de la Otredad radical. Tienen un sistema de escritura imposible y hablan un lenguaje sonoramente irreproducible. Si no fuera por el Tai Chi y el Kung Fu, podrían venir de otro planeta, una forma de vida lejana en la que el capitalismo ya no necesita de la democracia para su sostenimiento.

En ese registro paranoico aunque diluido en un relato desconcertante en clave fantástica se articula Mujer conejo, la tercera película de ficción de la singular cineasta Verónica Chen, nacida en Argentina, de padre chino y madre argentina. Ana, la heroína, es un poco como Chen: sus rasgos son chinos y la cultura china no le es indiferente, aunque como Chen no habla ni mandarín ni cantonés.

Ana sale con un médico argentino, una relación en revisión, aunque vive sola con su gato (una de las grandes secuencias –cómicas– del filme involucra a los tres). Por su trabajo como inspectora municipal le toca trabajar en un barrio chino de la ciudad de Buenos Aires. Pronto descubrirá que algunos miembros económicamente poderosos de la comunidad están en connivencia con algunos empleados municipales. Hay mucho dinero en juego, se enuncia en cierto pasaje, y queda todavía más claro cuando una mujer le informa a Ana que le salió 40.000 dólares conseguir un pasaporte para llegar a Argentina y ahora debe trabajar a destajo para pagar esa deuda.

La conclusión es un diagnóstico que excede a la ficción: corrupción, trabajo clandestino, mafias. Pero eso no es todo: los chinos de Mujer conejo vienen criando conejos y éstos han mutado genéticamente. Ahora comen carne, incluida la de su propia especie. ¿Una metáfora de los chinos? Tal vez.

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Mujer conejo

Los primeros treinta minutos de Mujer conejo son fascinantes. ¿Dónde estamos? Buenos Aires parece desplazada por una ciudad china globalizada, como esas ciudades apocalípticas que suelen verse en un futuro distópico en el que los grandes centros urbanos se parecen siempre a China. El trabajo de extrañamiento es constante: primero se trata de dislocar la mirada respecto del espacio; después, cuando los conejos aparecen en escena, de enrarecer la percepción. La imaginación profusa de Chen quizás necesitaba más capital para alcanzar los requerimientos de su fantasía. Chen, como siempre, arriesga: ¿a quién se le ocurriría incluir en un filme argentino secuencias animadas, que suelen coincidir en general con momentos de tensión extrema para Ana?

Y la directora arriesga también ideológicamente: algún distraído podrá decir que se trata de un filme xenófobo, pero retratar la xenofobia como amenaza en las coordenadas simbólicas de un imaginario específico no es lo mismo que alentarla. Decía Serge Daney, a propósito de un cineasta sospechado de racismo: “El conocimiento del azúcar no es necesariamente dulce”.

Quien conozca las películas de Chen podrá verificar la ostensible diferencia estilística de cada una de sus películas. ¿Qué tienen que ver Agua con Mujer conejo, o Vagón fumador con Viaje sentimental? Las búsquedas formales de Chen son siempre diversas y discontinuas. Hay cineastas de la continuidad, quienes van perfeccionando un sistema estético por cada película que realizan y hay otros cineastas que desestiman una línea de coherencia formal y se aventuran a empezar todo de nuevo por cada película que hacen. Es un método suicida, peligroso en cierta medida, pues dimitir a la construcción de un estilo acarrea un problema de reconocimiento; el yo detrás de cámara se fragmenta. A menudo los cineastas intentan conjurar la tendencia a mimetizarse con sus padres cinematográficos. Otros cineastas simplemente no saben reconocer sus marcas, y tampoco sienten necesidad de afianzar sus propias huellas. La angustia de influencia existe, pero también existe la angustia de repetición.

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Mujer conejo

En este sentido, es fácil recordar, con cierto placer y asombro por las diferencias, los planos punk a la Wong en la primera película de Chen, los planos sensuales acuáticos de la segunda, el trabajo nostálgico sobre la foto fija en la tercera, y ahora, en la cuarta, el thriller yuxtapuesto a lo fantástico y el animé. ¿Pertenecen a la misma directora? ¿Quién es Chen, la directora, la que firma, la que filma? Todas esas búsquedas se explican en el rasgo distintivo de los personajes de todas sus películas. Se trataría justamente del punto de intersección secreto de todos sus filmes. En efecto, las criaturas de la noche de Vagón fumador son parias diurnos y sólo en la noche descansan; el nadador de Agua vive solamente en el río pero no puede respirar afuera del agua; la protagonista de Viaje sentimental ya no pertenece a ningún lado, e ir por su genealogía íntima al país de su padre (China) tampoco le otorgará descanso en su periplo orientado a reconstruir sus orígenes. En Mujer conejo, Ana es una extranjera para sí misma y para quienes la miran. Sucede que en los cambios de estilos de Chen, verificables en cada película, se dan las cifras y las figuras de un concepto que vertebra todas sus películas: la contingencia de la identidad. El mundo y el yo están inexplicablemente desunidos. Podrá ser una brecha de clase, lingüística, generacional, afectiva, pero la identificación del personaje principal con su mundo exterior será imposible. Las variaciones de estilo son máscaras que se ponen a prueba frente a esa contingencia radical.

Si la película no es enteramente contundente se debe a cierto apuro narrativo en los últimos treinta minutos y a cierta incapacidad para aprovechar algunas ideas que el filme propone. Aun así, Mujer conejo, probablemente nuestra película maldita del año, es una anomalía en el panorama del cine argentino reciente. Es fácil bajarle el pulgar a una criatura novedosa y por momentos endeble, pero una entidad cinematográfica a contramano de tantas películas parecidas entre sí merece el entusiasmo del cinéfilo, que sabe que en la imperfección y el riesgo el cine persiste y respira.

Esta crítica fue publicada en otra versión por el diario La voz del interior durante el mes de noviembre 2013